Jardines de la Fonte Baixa

Había sido concebida para evocar la vida. Todo en ella, —la hendidura de la rodilla, que define la rótula; los cuidadosos pliegues en la ropa; las uñas redondeadas; los surcos de la nariz, que conducen las lágrimas hasta las comisuras de los labios; las caracolas en el pelo— todo, era fruto de un minucioso plan de representación del vigor humano. Y, sin embargo, las uñas no le crecían, carecía de reflejos, el viento no era capaz de levantarle el vestido ni de remover su cabello y, por las mejillas, solo resbalaba el agua de la lluvia. Petrificada, la estatua se limitaba a contemplar cómo la naturaleza seguía su curso en el Jardín de la Fonte Baixa.

En verano, la floración de las hortensias blancas, rosas y añiles; en otoño, los árboles teñidos de ocre y dorado; en invierno, el nacimiento de las camelias multicolor y, ahora, en primavera, el prado tan verde como siempre por aquellas fechas. El paso del tiempo marcaba el ciclo vital de las plantas del jardín botánico, las flores se marchitaban y las hojas caducas se desprendían para dejar nacer otras nuevas. La estatua, en cambio, permanecía inmutable.

¿Cómo podía ella, pobre piedra inerte, competir en ornamento con los árboles y las flores? Su cuerpo era solo un artificio modelado por los golpes del martillo y la precisión del cincel, mientras que las plantas eran naturalmente perfectas. En estos pensamientos estaba absorta la desdichada estatua cuando advirtió una araña que descendía desde su oreja, colgada de un hilo. Se fijó también en una mosca que revoloteaba atontada y que, seguramente, caería más pronto o más tarde en las redes del arácnido. Reparó también en la mariposa posada en su hombro izquierdo, y en un escarabajo que le trepaba por la pantorrilla. Fue entonces cuando se dio cuenta de que la vida no solo la rodeaba, sino que brotaba de ella: el musgo había teñido su cuerpo de verde camuflaje. Si su corazón no fuera de piedra, habría sentido algo similar a la emoción.

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