El inquebrantable panorama cultural de Dresde

Dresde, capital del estado federado de Sajonia, en Alemania, ha sido víctima de muchas de las grandes guerras europeas a lo largo de la historia. Incendios y bombardeos han arrasado la «Florencia del Elba», en varias ocasiones, la última vez, al término de la Segunda Guerra Mundial, cuando los aliados iniciaron un ataque aéreo que destruyó por completo el centro histórico, y que mató a más de 23.000 personas.

Sin embargo, la capital sajona nunca se ha rendido en lo que a su herencia arquitectónica se refiere porque, mientras otras ciudades alemanas optaron por una reconstrucción rápida y funcional, escasamente interesada en el diseño, organizaciones de vecinos de Dresde protestaron para que los pocos edificios históricos que habían quedado en pie se salvaran de la demolición emprendida por las autoridades en ese afán de utilitarismo.

La recuperación del patrimonio de Dresde culminó con la reedificación en 2005 de la Frauenkirche, una iglesia barroca situada en el Neumarkt, que fue devastada por las llamas en 1945.

Milagrosamente, el Fürstenzug, en español «Desfile de los Príncipes», quedó casi intacto. El mural, que es el mosaico de porcelana más grande del mundo, representa un desfile de jinetes a un tamaño mayor que el natural, pero lo increíble es que, tras la guerra, tan solo 200 azulejos de los 24.000 resultaron dañados.

El Fürstenzug se encuentra en una calle que conecta la Frauenkirche con el Palacio de Dresde, uno de los edificios más antiguos de la ciudad, que ha sido objeto de numerosas restauraciones y reformas. Una buena panorámica de este conjunto arquitectónico se obtiene desde el Puente de Augusto, que une las dos orillas del Elba.

Por debajo del Puente de Augusto, transcurre, paralela al río, la Terraza de Brühl, un paseo que se extiende colindante con el casco histórico, y que invita a descubrir muchas otras construcciones monumentales, como la sede de la Academia de Bellas Artes de Dresde y el Sekundogenitur, que actualmente alberga un café y un restaurante de la cadena de hoteles Hilton.

Merece la pena cruzar el Elba para contemplar las fachadas de estos edificios, pero la Neustadt, el barrio «nuevo» situado en la orilla norte, también invita al viajero a perderse por sus calles.

El guardián de la Neustadt es el Goldener Reiter, una estatua ecuestre del siglo XVIII, que representa al príncipe elector de Sajonia y rey polaco, Federico Augusto I. La efigie se sitúa en la plaza del mercado y representa a Augusto como un césar romano con armadura mirando hacia Polonia.

Más moderno es el Kunsthof, un pasadizo que une la calle Alaun y la Görlitz, y que cuenta con cinco pequeños patios, cada uno con un tema distinto. Este paso fue restaurado a partir de un proyecto de varios arquitectos de Dresde, que pretendían conectar los conceptos de «trabajo», «celebración», y «vida» en general, para favorecer el bullicio en la zona y convertir el espacio en un lugar de encuentro a través del arte.

Uno de los patios más interesantes puede que sea el de los Elementos. En este patio, hay una fachada pintada de azul y decorada con tubos, y una amarilla, de la que cuelgan paneles de aluminio. La idea es jugar con dos elementos, el agua y la luz, que rebotan contra el metal produciendo efectos sonoros y visuales.

Por último, es imprescindible hacer una referencia al Pfunds Molkerei, un negocio de productos lácteos fundado en 1891 y preciosamente decorado con motivos de la industria láctea, elementos florales de tipo renacentista y criaturas míticas, todos ellos pintados a mano sobre las paredes y el mostrador. Y es que, en Dresde, hasta las pequeñas tiendas parecen museos.

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