Fischmarkt en Hamburgo

Parecía imposible que, a las siete de la mañana de un gélido día de febrero, el mercado de pescado en Hamburgo pudiera estar a rebosar. No obstante, resultaba complicado circular en medio de aquel tumulto de anoraks rozándose unos con otros, ris ras, deslizándose entre los puestos de comida mientras caía la nieve.

Muchos habían ido ya desayunados. Familias enteras armadas con bolsas, cestas y carritos acudían religiosamente a la cita con el propósito de recargar la nevera y la despensa, al menos, hasta el domingo siguiente.  Estrategas de las compras, sabían cómo moverse,  dónde comprar las truchas y a quién las clementinas, habían memorizado la disposición de los camiones, tenían el mapa de la plaza en la cabeza.

Otros, en cambio, eran visitantes infrecuentes. Y no se les puede culpar: hay que tener coraje para abandonar las sábanas  el fin de semana cuando el cielo aún está oscuro pero ya se adivina el suelo blanco por la helada de la noche. Aquel día, sin embargo, se levantaron de la cama como salmones impetuosos y remontaron el Elba con el anhelo de saborear  un bocadillo de arenque en el Altonaer Fischmarkt.

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Entre una cosa y otra, dieron las nueve y el altavoz anunció el cierre. El caos. Los tenderos tiraron los precios y aquellos que  hasta el momento miraban con desdén la mercancía se lanzaron como depredadores. Por solo diez euros, los compradores podían hacerse con cestas llenas de fruta y verdura con peluche incluido. La euforia invadió el mercado y, tal vez por la oferta, tal vez por el peluche, todos querían  la cesta de ocasión.

No se procedió con el desmantelamiento de los puestos hasta que clientes y comerciantes quedaron satisfechos. Poco a poco fueron apagándose las voces que, solo una hora antes, bramaban en alemán “¡caballa freeescaaaaaaa”, “piña para el niño y la niña” y otras frases por el estilo que incitaban a los germanos a la compra. A los demás, a la huída.

Y, según iba silenciándose el jaleo en el mercado exterior, en la antigua lonja el ambiente estaba cada vez más animado conforme se vaciaban las jarras de cerveza, aunque, a decir verdad, no hicieron falta muchas para que la pista se llenara de cowboys añorantes de su Alabama natal.

Las guitarras eléctricas siguieron sonando en el interior del edificio hasta el medio día. Fuera, se oía el silencio de la nevada.

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