Cataratas del Rin

El agua corría con una fuerza atronadora delante de sus narices pero ese estruendo, lejos de aturdirlo, lo ayudaba a aclarar sus ideas. Nunca había contemplado un espectáculo como aquel: había visto cataratas antes, aunque no de la magnitud de aquellas. En la esquina del mirador, se encontraba lo más cerca posible del salto. La bruma, que surgía del enfrentamiento entre el agua y las rocas, le empapaba la cara sin apenas darse cuenta.

Vista panorámica de las cataratas del Rin

Absorto en el paisaje, sus pensamientos empezaron a fluir con la corriente y se acordó de las obras románticas que la profesora les había mostrado en clase. Le sorprendió que aquella información se hubiera guardado en su memoria, pues el arte no le interesaba en absoluto pero, entonces, recordó que él ya había estado allí. William Turner lo había transportado a aquel mismo lugar a través de su pintura, le había intentado explicar el poder de la naturaleza y la insignificancia de las personas a su lado. Sin embargo, él no lo había comprendido en aquel momento. Ahora lo veía todo claro. Entendió la sabia lección cuando, a lo lejos, divisó la lancha de pasajeros que, una vez más, se acercaba vacilante al mirador.

Él, al contrario, se sentía seguro desde su posición, a salvo de la furia de las cataratas. No obstante, había algo en la condición natural del agua que lo mantenía intranquilo. Inconsciente, agarró con más fuerza el cuello de la botella y echó un trago esperando que la cerveza aplacara su agitación interna.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *